Así es, hace un par años viví tres meses en Tijuana. Ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida. Un par de semanas estuve en la Casa de la Mujer Migrante de las hermanas Scalabrinianas, fueron ellas quienes me invitaron al Módulo de la Coalición pro Migrante ubicado en el Módulo de Deportación de la Garita de San Ysidro. El espacio estaba ahí, como un pequeño resquicio entre la confusión. Los misioneros-voluntarios recibían a cada migrante deportado con la pregunta: “¿quiere un café y un burrito?” Pocas veces esperábamos la respuesta; la promesa de comida era entregada de forma inmediata, al tiempo que ellos, los migrantes, anotaban su nombre en una lista. Muchos piden doble ración, no han comido en un día, quizá más.

El Módulo es testigo de miles de historias: la mujer que fue obligada a dejar a sus hijos; el joven tatuado que acaba de salir de la cárcel; el hombre de 60 años que fue arrojado de su casa después de media vida en Estados Unidos de Norte América; la chica en ropa deportiva, la joven sin zapatos, el joven en ropa de trabajo; los triquis que no entienden el español y que han sobrevivido en su sueño americano gracias a las redes que los indígenas oaxaqueños han extendido en ambos países. Justo así, como le sucede a Makina, solo que ella va en sentido contrario.

(Paréntesis final que funciona de sugerencia lectora: Para mayor comprensión del lado B, es recomendable acercarse al lado A, publicado el 2 de febrero de 2025)

  1. En el Gran Chilango

En su travesía hacia el norte, Makina debe cruzar la Ciudad de México y decide hacerlo por el metro, porque así no podría “perderse para siempre en las lomas de las lomas que encementaban el horizonte; o perderse en el asombro de tanta carne viva levantando palacios”. La decisión de atravesar por el inframundo del Gran Chilango, como ella lo llama, es para no dejar su huella, no apropiarse del territorio.

Makina llega a su destino: la central camionera. Ahí, ella tomará el bus que la llevará a los límites de la tierra, al río, donde se instala en un hotel a la espera de una señal que le indique que es el instante preciso para cruzar.

Entre los huéspedes, Makina encuentra la oportunidad de cumplir con su misión: traducir. Lee cartas para los que no pueden decodificar grafías; lee en español para los que no entienden el gabacho; advierte a los chicos que esos polleros quieren tenderles una trampa. Por última vez en su vida, cumple con su misión de Malintzin, ya que Chucho ha dado el aviso de que es tiempo de cruzar, de nadar por el río Apanohuacalhuia, de remar hacia el Otro lado. Dejará Itzcuintlan, el lugar donde los perros guían a los muertos.

  1. Del Otro Lado: Otro cielo

En el principio no había nada… así comienza el mundo, de la nada, del agua, del caos, pero a diferencia del Popol Vuh o de la Biblia, lo primero que aparece en el mundo de Makina es la carretera que la internará en ese nuevo mundo que comienza a tener significación.

Makina busca incansablemente a su hermano, para ello, debe sortear una serie de pruebas, así recorre el Tepectli monamictlan, el Iztepetl, el Itzehecayan, el Paniecatacoyan, el Timiminaloayan, finalmente logra encontrar a su hermano en Teocoyohuehualoyan, lugar donde son devorados los corazones… el penúltimo nivel del Mictlan.

  1. Hacia la morada de Itzpapalotl

Makina se ha despedido de su “hermano”. No puede ni entregarle el recado de La Cora, él ya es un otro. Ella se dispone a caminar cuando alguien le grita “Tú, también adopta la posición”, es un agente de migración que la obliga a permanecer en cuclillas, junto a otros iguales a ella. Las palabras del agente son claves para el fin de su proceso. Sus huellas se marcan en el parque, Chucho la espera para conducirla a esa pequeña puerta que le llevará a encontrarse con el fin del mundo… y así confesar “Estoy muerta”.

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