Cada cierto tiempo, el rock recibe figuras que desafían las normas y alteran su curso. Pocos lo hicieron con la intensidad de Lou Reed. Más que un músico, fue un narrador urbano, un cronista de la marginalidad que convirtió lo cotidiano en arte. Su obra, con The Velvet Underground y en solitario, dejó una marca imborrable, influenciando a generaciones enteras.
Desde los años sesenta, Reed exploró territorios donde pocos se atrevían a entrar. Mientras la psicodelia florecía con letras oníricas y optimistas, The Velvet Underground pintaba paisajes sombríos, con personajes atrapados en la desesperanza de las calles. Heroin, I’m Waiting for the Man y Venus in Furs retrataron una realidad incómoda, sin adornos ni juicios morales. Andy Warhol, quien los acogió en la Factory, entendió su potencial artístico. Bajo su protección, la banda lanzó The Velvet Underground & Nico en 1967, un disco ignorado en su época, pero crucial para el futuro del rock.
Después de dejar el grupo en 1970, Reed inició una carrera en solitario llena de altibajos, pero siempre fiel a su esencia. En 1972, con Transformer, alcanzó el reconocimiento masivo. Producido por David Bowie y Mick Ronson, este álbum incluyó Walk on the Wild Side, un himno a la diversidad sexual y a los personajes de la contracultura neoyorquina. Con ese éxito, muchos esperaban que Reed tomara un camino más comercial, pero él tenía otros planes.
Un año después, publicó Berlin, una obra conceptual devastadora sobre una pareja atrapada en el abuso y la adicción. Lejos del sonido accesible de Transformer, este disco desconcertó a la crítica y al público. Sin embargo, con el tiempo, se convirtió en una de sus piezas más admiradas. Nunca complació expectativas ajenas. Su actitud desafiante alcanzó el extremo en Metal Machine Music (1975), un álbum experimental compuesto por ruido y distorsión. Más que una provocación, representó su rechazo a la industria musical.
Durante los ochenta y noventa, Reed mantuvo una producción constante, con discos que reflejaban madurez y profundidad. En 1989, New York ofreció una mirada crítica a la ciudad que lo inspiró desde el inicio. A diferencia de muchos contemporáneos que adaptaron su sonido a las tendencias de la época, él permaneció fiel a su estilo. Su último gran proyecto, Lulu (2011), junto a Metallica, generó opiniones divididas, pero demostró su deseo inagotable de explorar nuevos caminos.
Su legado trasciende el número de discos vendidos. Sin Reed, el punk, el rock alternativo y la música experimental serían distintos. Artistas como Patti Smith, Iggy Pop, The Strokes y Sonic Youth encontraron en él una referencia ineludible. Su influencia se extiende más allá del sonido: cambió la manera de contar historias en la música.
Hoy, al recordar su aniversario, su obra sigue vigente. Escuchar Perfect Day, Satellite of Love o Street Hassle no solo permite revivir su genio, sino entender su visión única del arte. Reed no buscó fama ni aprobación, solo expresar su verdad. Y por eso, su voz sigue resonando.
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