Reproducir una canción nunca había sido tan fácil. Con un par de toques en la pantalla, cualquier persona accede a un catálogo casi infinito de música. Plataformas como Spotify han cambiado la forma en que se escucha, descubre y comparte. Para el público, el modelo es ideal: una suscripción mensual o la versión gratuita con anuncios permiten escuchar lo que se quiera, cuando se quiera. Sin embargo, para los músicos, la realidad es otra.
Antes, un disco vendido representaba una ganancia clara. Ahora, la mayor parte de los ingresos proviene de conciertos, mercancía y patrocinios. El streaming, que parecía ser una nueva fuente de ingresos, se ha convertido en un sistema donde solo los más populares pueden sostenerse. Spotify, la plataforma más usada en México, paga en promedio 0.06 centavos de peso por reproducción. Para generar un salario mínimo mensual, un artista necesita más de 250,000 streams al mes. Si bien los grandes nombres logran cifras millonarias, la mayoría queda lejos de esas cantidades.
El problema no termina ahí. La mayor parte del dinero generado por la plataforma no va directamente a los músicos, sino a las disqueras y otros intermediarios. En 2024, Spotify repartió más de 170 mil millones de pesos en regalías, pero una mínima fracción llegó a los creadores independientes.
Frente a este panorama, algunos artistas han buscado modelos alternativos. Bandcamp, por ejemplo, ofrece una opción más justa. En esta plataforma, los músicos venden su música directamente a los fans, lo que les permite recibir una parte mucho mayor de las ganancias. Mientras que en Spotify un millón de reproducciones deja menos de 60,000 pesos, en Bandcamp basta con vender 300 discos digitales a 200 pesos cada uno para alcanzar la misma cantidad.
Además, Bandcamp ha implementado iniciativas como “Bandcamp Friday”, donde la plataforma renuncia a su comisión y el 93% de las ventas va directamente al artista. Este modelo ha permitido que miles de músicos independientes obtengan ingresos significativos sin depender de algoritmos o listas de reproducción controladas por terceros.
El streaming también ha cambiado la relación entre oyentes y artistas. Antes, comprar un disco representaba un acto de apoyo directo. Ahora, la música se ha convertido en un servicio de fondo, donde las canciones aparecen y desaparecen en playlists automáticas sin que muchos sepan quién las interpreta.
¿Qué pueden hacer los oyentes? Pequeñas acciones marcan la diferencia. Comprar discos en Bandcamp, asistir a conciertos, adquirir mercancía oficial o compartir la música de artistas independientes ayuda a construir un ecosistema más justo.
El streaming llegó para quedarse. Su alcance y facilidad de uso lo hacen una herramienta valiosa, pero si no se ofrecen alternativas que realmente beneficien a los músicos, muchos talentos quedarán en el camino. La solución no es abandonar las plataformas, sino complementar su uso con modelos más justos para quienes crean el arte que nos acompaña todos los días.
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