México tiene un problema de inseguridad provocado por la connivencia entre políticos, autoridades y delincuencia organizada, de la que por supuesto no se salva la clase empresarial y muchos de los que presumen un rostro de comerciantes exitosos, pero que forman parte de este círculo vicioso en donde el dinero es el máximo logro para cualquiera de estos actores, mientras no se ataque la raíz profunda del vínculo entre el dinero y el acceso al poder, nuestro país seguirá siendo víctima de esta perversa relación que día a día suma muertes violentas en el territorio nacional.

En las últimas semanas, el tema ha ganado notoriedad en redes sociales, impulsado por la difusión de los peculiares tiktokers de Culiacán, Sinaloa. Estos personajes exponen acusaciones cruzadas entre influencers y la delincuencia organizada. Las muertes y las anécdotas relacionadas con ellos no hacen más que evidenciar que, en esta convivencia no hay quien se salve. Para nadie es una novedad, que la relación entre la delincuencia organizada y el espectáculo tenga distintos rostros para demostrar que la complicidad entre políticos, autoridades y dueños del dinero en nuestro país, buscan legitimar sus acciones a partir de la popularidad.

Sin embargo, este fenómeno no es nuevo y al menos en los últimos 40 años hemos visto complacientemente cómo se ha naturalizado al punto de que ya nadie sorprende.

Sí, efectivamente, cuando vemos a este tipo de personas hacemos como que volteamos a otro lado ya sea por temor o franco desinterés, y optamos por quedarnos callados. El cobro de derecho de piso es un buen ejemplo para demostrar cómo este tipo de relaciones crecen día a día en todo el país. Nunca falta el amigo o el vecino que nos comparte que en tal comunidad, la delincuencia organizada controla la venta desde productos básicos hasta materiales de construcción, regulando el mercado y amenazando a los comerciantes para que solamente le compren al proveedor y al precio que ellos dictan. Eso no sucede solo en en Sinaloa, también sucede en el estado de México. No hay forma de negarlo.

Cómo muestra de ello, en 1995 tomé un diplomado de análisis político que ofrecía la Universidad Iberoamericana y uno de los maestros fue César Cansino, en ese entonces era una voz disidente de la famosa transición a la mexicana y a él le escuché decir: “Se equivocan quienes piensan que México se está colombianizando, es al revés, a los colombianos debería preocuparles que su país sé mexicanice, acá la relación entre el poder, la política, el dinero y la delincuencia organizada es mucho más sofisticada que en Colombia“.

Sexenios van y vienen y el problema crece como la hiedra de las mil cabezas, se reproduce hasta el infinito. Se han detenido tanto a líderes como incautado importantes cargamentos de diversas drogas y el combate al fentanilo, forma parte de la narrativa del gobierno. Hay un esfuerzo legítimo del gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum por atacar este fenómeno con mayor inteligencia. Pero parece más de lo mismo.

Al parecer el único punto que no se ha tocado sería la mejor forma de combatirlo, me explico: mientras no se combata la relación entre el dinero y el poder y se sancionen ejemplarmente a quienes sirven de un lado y de otro para lavar dinero y crear una riqueza inusitada en poco tiempo, este fenómeno no se va a acabar. Se trata de tener el control del dinero que circula en el país. Formalizar todo tipo de ingresos requiere una reforma fiscal profunda y quitarnos el tabú de que esas prácticas son impopulares, pero eso atenta contra esa perversa connivencia relatada en esta columna, no estaría por demás que este cambio en la forma de enfrentar este fenómeno comience por nosotros mismos. Dejemos de legitimar estas conductas y no participemos en ellas.

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