Mucho se habla del efecto Trump en las relaciones entre México y Estados Unidos y cómo a partir del inicio de su mandato, las cosas han cambiado de manera significativa, en algo que parecía relativamente seguro: las relaciones comerciales son tan importantes para ambos países que nada podría ponerlas en duda. Sin embargo, una cosa es clara; la visión del presidente norteamericano va más allá que la del simple bullying que amenaza a sus oponentes para obtener mejores dividendos en la negociación presente y parece que todo, se reduce las segundas intenciones que hay detrás de su discurso beligerante.
Efectivamente, en cualquier negociación de Estado, como en la que actualmente se desarrolla entre ambas naciones, las miradas trascienden el horizonte actual y se ubican más en la prospectiva de mediano y largo plazo. México y Estados Unidos no pueden cortar las importantes relaciones comerciales que ambos países sostienen desde hace décadas, dado que la interdependencia sugiere que nuestro país es el escenario de una lucha más importante y en este caso, la segunda intención proviene más del escenario chino en el comercio internacional y de cómo México podría ser utilizado por la economía más boyante de este siglo, para ingresar al mercado norteamericano usando nuestro país como un socio estratégico. Esa es una de las intenciones que está detrás del discurso de los aranceles.
Una segunda intención proviene de los más de 3000 kilómetros que cruzan nuestras fronteras y para los cuales no hay alternativas de solución que impidan ni la migración ni el trasiego de todo tipo de mercancías hacia el norte, en donde radica el principal centro de negocios tanto el consumo de drogas como de producción de armas a nivel mundial. Es en ese punto en donde las relaciones entre ambos países se vuelven estratégicas. A nadie le conviene iniciar una guerra comercial que trascienda la esfera diplomática. Pero Donald Trump lo hará mientras le resulte eficaz para mantener el discurso de apoyo a su base electoral.
Ambos gobiernos están iniciando su mandato y tendrán su próxima elección intermedia hasta el 2027, por lo que su primera prueba electoral tiene tiempo suficiente para resolverse. Mientras tanto, siguiendo esta dinámica, el escarceo político que vivimos detrás de los alegatos de Trump, nos ubican en las condiciones previas a la discusión que está más cercana y es la relativa a la renegociación del TLC con Estados Unidos y Canadá. Es bien sabido que la última versión se firmó justamente por el presidente norteamericano en su anterior mandato, por lo que sugiere que este episodio oculta la verdadera intención de su amenazante estilo de negociación política. No obstante lo anterior, para nuestro país esta negociación es más importante que para los norteamericanos, tanto por el peso comercial que tiene la economía norteamericana para nuestro país, como por la difícil situación presupuestal que heredó Claudia Sheinbaum de su predecesor, como por el déficit fiscal que vive nuestro país. Así lo que parece un escenario de planeación estratégica para el gobierno de Trump, se convierte en un amenazante episodio inmediato para nuestro país. Como lo anoté hace una semana en este mismo espacio; el tamaño de un liderazgo se mide por la eficiencia para resolver sus problemas y Claudia Sheinbaum define muy temprano el futuro de su mandato, de la mano de cómo resuelva este entuerto.
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