El PRI mexiquense, en medio de una crisis profunda, con militancia mermada y casi sin liderazgos, está en el inicio del proceso de renovación de su presidencia estatal. La semana pasada renunció Ana Lilia Herrera y asumió Cristina Ruiz la presidencia interina, se presume que el plan es que la propia Herrera Anzaldo se reafirme en la dirigencia.

El problema es que un cambio simulado en la cabeza no resuelve el problema, que es más profundo y grave.

La victoria de Andrés Manuel López Obrador en la anterior elección presidencial marcó un punto de inflexión. Su popularidad y liderazgo impulsaron a su partido a triunfos importantes en gubernaturas, congresos locales y el Congreso de la Unión.

Hoy, Morena gobierna en 23 estados y la Presidencia de la República, a una década desde su fundación en 2014, se ha convertido en la fuerza política hegemónica.

En contraste, el Partido Revolucionario Institucional, PRI, ha sido el más afectado, pasó de ser el dominante, que llegó a gobernar los 32 estados en algún momento de su historia, al control de apenas dos en 2024: Durango y Coahuila.

Esto representa una pérdida histórica de poder y un cambio drástico en el panorama político de México. En el Estado de México, el caso no es diferente, ha cedido control en los municipios desde 2018.

En ese año, obtuvo 80 de los 125, pero perdió bastiones como Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl y la capital, Toluca.

En 2021, el PRI sufrió una pérdida aún mayor, de los 80 municipios que gobernaba, perdió 30.

El hartazgo de la población ante el largo poderío priísta, que había resultado abusivo, sumado a factores como la popularidad de Morena, la influencia de López Obrador y los programas sociales federales llevaron al escenario de hoy.

La falta de renovación en las posiciones de mando, la permanencia de grupos que no dejaron crecer a las bases y los escándalos de corrupción dañaron la imagen del PRI entre los votantes y sus antiguos aliados políticos lo dejaron solo, incluso cuando los pocos triunfos que tuvieron dependieron del tricolor.

Para colmo, la guerra interna les ha causado daños graves. Desde que Alejandro Moreno Cárdenas asumió la presidencia en 2019, el partido ha ido en marcado declive. Ese fue uno de los argumentos para la revuelta que culminó en la pérdida de liderazgos importantes del tricolor y la profunda división que hoy vive.

Cuando Alejandro Moreno asumió la presidencia del PRI, gobernaba en 12 estados. Actualmente solo en dos. Es evidente que lo ha hecho mal, sin embargo, sigue al frente y arrastra con él a liderazgos locales, como en el Estado de México, que entrará en franca crisis al proceso de renovación de su dirigencia, a pesar de que Ana Lilia Herrera es una mujer fuerte, capaz y representa lo más valioso del tricolor.

Hoy, los demonios del PRI no le permiten darse cuenta de la fuerza que aún tienen y de la capacidad de movilizarse que podrían rescatar de su pasado.

Es momento de asumir que ya no son lo que fueron y lo deseable es que no vuelvan a serlo. Es momento de asumir que estamos en otro punto de la historia y hoy su papel es ser la mejor oposición posible, para construir desde sus cimientos una nueva opción para los mexiquenses.

Se requiere una proeza del tipo ave fénix y es ahora cuando deben mostrar de qué están hechos.

La última trinchera

La Secretaría de Salud reaccionó lento y mal a la nueva amenaza bacteriana que afectó al Edomex los días recientes. Si bien es cierto que el control epidemiológico corresponde al gobierno federal, los afectados directos eran los mexiquenses, a quienes el gobierno local debería dar respuestas.

El tiempo de la protección y dependencia del gobierno federal debe ya llegar a su fin, para que no quede duda de que aquí hay fuerza y capacidad para afrontar lo que sea.

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