La nueva dinámica social y laboral trae consigo padecimientos relativamente recientes relacionados con la vida productiva; enfermedades que se manifiestan en problemas derivados de condiciones ergonómicas, la conexión permanente en materia de tecnología, acoso laboral cibernético, estrés, tiempos muy largos en traslados y posibles afectaciones en el desarrollo emocional, entre otras, preocupaciones latentes para empleadores, trabajadores y sus familias.

Problemáticas igual o aún más graves, pero que son menos populares en el discurso, están presentes en los riesgos que traen consigo aquellos padecimientos que afectan a líderes, autoridades y tomadores de decisiones en nuestro país. Casos graves y recurrentes de narcisismo, paranoia, ilusionismo y egocentrismo que se han convertido en el pan de cada día.

Mensajes como la reducción en los niveles de inseguridad nunca antes vistos, mejoras inigualables en temas de corrupción y transparencia, empresas operadas por el Estado que muestran grandes rendimientos y una mejora en la calidad de los servicios que presta el Estado... En fin, realidades alternas que viven quienes ostentan el poder, pero que para el ciudadano de a pie representan posibilidades de vida en un país muy, muy lejano.

Y para muestra, un botón: hace apenas unas semanas se dieron a conocer con bombo y platillo cifras históricas en materia de inversión extranjera directa, 36 mil 872 millones de dólares para el país, un 2.3 por ciento más que en el año previo. Pero si realmente se analizan con un poco más de detalle, estas cifras significan apenas el 40 por ciento de lo recibido en 2013, cuando se registraron 65 mil millones de dólares en un período similar. Claro, si se compara con las cifras obtenidas en pandemia, por supuesto deslumbra.

Para el Estado de México, las cifras son casi igual de imponentes: 2 mil 164 millones de dólares, lo que lo coloca en el segundo lugar en atracción de capitales en todo el país. El sector manufacturero e industrial a la cabeza, con más de la mitad de los recursos atraídos. Pero, querido lector, otra vez hay que ver las letras chiquitas: el 80 por ciento de los flamantes 2 mil millones recibidos son reinversiones de capitales, es decir, empresas que ya estaban en el país y reinvierten sus rendimientos. No es dinero nuevo, y el 8 por ciento son transferencias entre empresas. Así que de nuevas inversiones o nearshoring, ni hablamos.

Para quienes vivimos y convivimos en el sector empresarial de manera cotidiana, no se trata de señalar ni menospreciar lo conseguido. Es importante que las empresas permanezcan; es un gran paso el que decidan seguir confiando. El mensaje político importa, y hacernos apetecibles al exterior es conveniente, pero esto también genera el grave riesgo de caer en uno de los padecimientos de la clase política actual: el autoengaño o la ilusión, como usted quiera llamarlo.

Ante una ola de nuevos padecimientos relacionados con el contexto moderno, el más peligroso de los riesgos que enfrentamos es que sea la capacidad de simular lo que guíe nuestros pasos. Porque si no reconocemos los retos, errores y padecimientos que enfrentamos, las decisiones que tomemos estarán basadas en cuentos de hadas.

En alguna ocasión anterior compartí con usted la frase del economista Peter Drucker: "Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente", y hoy lo reitero: para llegar al éxito, a veces se necesita tener el valor de decir que no, no todo está bien.

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