El presidente norteamericano Donald Trump ha escogido como opciones de legitimidad de su gobierno la criminalización de la mano de obra inmigrante, lo que, desde nuestra perspectiva, tiene un componente económico y otro de carácter político.
Por un lado, el político americano requiere acentuar el pensamiento derechista republicano que sostiene que ese país, producto de diversas migraciones de todo el mundo, solo les pertenece a los blancos sajones y, con cierta complacencia, a algunas corrientes migratorias europeas y asiáticas.
El pensamiento supremacista blanco, en las últimas décadas, ha perdido fuerza e, incluso, a base de sentencias de la Suprema Corte de aquel país, se han ido diluyendo las conductas segregacionistas para sustituirlas por el pensamiento igualitario de los derechos. Sin embargo, ante la crisis de salud, de producción y la pérdida de competitividad de los Estados Unidos en el contexto internacional, se hace necesario encontrar un adversario a quien culpar de las desgracias de una sociedad que vive en crisis.
Así lo hizo Adolf Hitler, Mussolini, Francisco Franco y muchos dictadores derechistas del mundo. Para Trump, los inmigrantes son el objetivo perfecto para enderezar su campaña de culpa dirigida. Es muy fácil acusar a los inmigrantes de la pérdida de los empleos de los trabajadores americanos; de que cometen crímenes aberrantes como violación y asesinatos, y de que han comprometido su cada vez más endeble sistema de salud.
Nada de ello es cierto y puede ser necesario otro espacio para explicar los números para entender que todo esto es una campaña que justificará la existencia de un enemigo a quien culpar de los peores desastres de una sociedad que está cruzando por una crisis muy profunda. Una crisis política, económica, social y, aunque muchos lo nieguen, de distribución del ingreso que pone en riesgo el sueño americano que le ha dado fundamento durante los últimos 150 años.
Pero esta justificación de la desgracia provocada por los migrantes tiene, en el fondo, el lanzamiento de una serie de políticas tendientes al fortalecimiento de un modelo de economía cerrado en el cual solamente los americanos puedan producir y consumir para ellos.
Trump sabe que Estados Unidos solamente está sostenido por las bayonetas de su enorme ejército, ya que depende de las reservas internacionales depositadas en su país y que, ante una salida de capitales, pondría de rodillas al país más endeudado del planeta.
Trump sabe que China le ha ganado la partida comercial en el contexto internacional. El poderío asiático que representa China es imparable y la mejor muestra de ello es la reciente negociación del ultraconservador Javier Milei con el gigante asiático en materia energética y de movilidad, en el marco del cada vez más pujante desarrollo económico chino, el cual, para 2024, se espera que haya crecido en torno al 5 por ciento, contribuyendo en casi un 30 % al crecimiento económico mundial y confirmando a China como uno de los incuestionables motores de desarrollo del planeta.
Para enfrentar ello, el presidente norteamericano ha puesto en marcha una fórmula que favorezca la relocalización de la industria en su país mediante el establecimiento de aranceles a los productos de origen chino, mexicano, canadiense y europeo, según lo ha dado a conocer en diversos discursos.
Pero, además, esta medida, que será puesta en marcha en algunos casos, va acompañada de otra que realmente le interesa a los inversionistas y que resulta atractiva: disminuir el precio de la mano de obra, que constituye uno de los principales componentes del valor de la producción.
Por eso, Trump pretende ilegalizar la mano de obra migrante para que esta disminuya de precio y, conjuntamente con la política de aranceles a los productos extranjeros, resulte en una mayor competitividad para los productos americanos.
Trump se equivoca y se aísla. El mercado ha cambiado y la tradicional política del prohibicionismo ya ha quedado en el atraso y en la ineficacia. Trump debe volver la vista hacia adentro, debe aprender a interpretar correctamente la descomposición de su sociedad y enfrentar esos retos con inteligencia y no con la fuerza. La crisis del fentanilo en amplias capas de su sociedad tuvo su origen en la propia industria farmacéutica norteamericana y no en China o México.
La sobre prescripción de la oxicodona y la facilidad para su suministro tuvo su origen en Estados Unidos y constituye uno de los principales orígenes del descontrol en el consumo de opioides sintéticos, pues cientos de miles de norteamericanos adquirieron el hábito en el consumo de esas sustancias hasta llevarlos a la dependencia, ya que eran vendidos sin ningún control en su producción, comercialización y prescripción.
En ese contexto, la política de deportación masiva es una pantalla para lo que realmente pretende el presidente norteamericano. Nadie en su sano juicio se tira al precipicio y, menos aún, se pelea con su dinero.
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